16 ago 2013

ASOSAB (I)


Había cumplido su deber. Había aceptado el cargo que no deseaba. Había cargado con una carga demasiado pesada. Se había enfrentado como buenamente había podido a los Lannister. Había aconsejado a Robert lo mejor que había sabido. Y todo para acabar en una maldita celda. 

 Nunca debió confiar en Petyr Baelish. ¿Cómo podía ser tan estúpido? Estaba claro que era uno de los principales interesados en su muerte. ¿No le había interesado siempre Catelyn? ¿No era él, Ned, quien se la había arrebatado? Con su muerte, Petyr tendría el camino libre hacia Cat. Podía imaginarlo llevándole las nuevas (seguro que conseguía ser él el emisario), con el rostro compungido. La consolaría y aprovecharía su debilidad... “siempre te he querido, Cat. Tu esposo ha muerto, tu padre está enfermo y débil... ven conmigo, Cat. Sé mia, Cat. Yo me cuidaré de ti. No tendrás que temer por tus hijos”. 

 También estaba la reina. Lo que había hecho... siempre supo que a Robert lo acabaría perdiendo una cara bonita. De haberse casado con Lyanna... 

No, aquello no lo lamentaba. Había visto cómo trataba Robert a Cersei. Cierto, a su hermana la había amado, y ese era el principal escollo entre el real matrimonio pero... Robert apenas conocía a Lyanna. Se había enamorado de su belleza, de su presencia... pero no la conocía bien. Sí, Lyanna era dulce y adorable... hasta que sacaba su genio. Era mucho más fiera de lo que aparentaba, y nunca hubiese consentido algunos hábitos de Robert, hubiese detestado algunas de sus decisiones. 

Como aquellas relacionadas con Rhaegar Targaryen, Elia de Dorne y sus hijos. Gracias a los dioses, Ned podía decir que esas muertes no cargaban sobre su conciencia. De hecho, fue gracias a Lyanna... a Lyanna y a la Víbora Roja, que llegó justo a tiempo. 

 Sí, aquella fue la única vez que traicionó a Robert, la única que le mintió. Rhaegar está muerto. Elia está muerte. Su estirpe está muerta. Y Lyanna está muerta. Esa era la gran mentira que Eddard había mantenido toda su vida. 

¿Sería este el castigo de los dioses? Había contado una mentira, una gran mentira, la mentira que Lyanna le suplicó que contara. Lo hizo por el amor que sentía por su hermana. Ella lo hizo por el amor que sentía por Rhaegar. Había contado una mentira que sirvió para sentar a Robert en el Trono de Hierro. Y ahora... ahora iba a ser juzgado... no, el juicio sería una burda farsa. Su sentencia ya estaba dictada, la leona se había encargado de ello. Ahora iba a ser condenado por decir la verdad.

- Daos prisa, septa.

Se encogió como una rata cuando la puerta se abrió, dejando entrar la luz de las antorchas. No era una iluminación fuerte, pero para él, que llevaba días encerrado en la más absoluta oscuridad, era como mirar directamente al sol. Reconoció la voz de uno de sus carceleros, pero no la que respondió.

- Me daré tanta prisa como me sea posible, mi señor, mas os ruego que me dejeis algo con que iluminar a esta pobre alma.

Era una voz dulce, sedosa, casi seductora, pero al mismo tiempo destilaba inocencia.

- Sea. Pero cuidaos de él.

- Un hombre débil, herido y encadenado no me asusta. No cuando sé que a un sólo grito mio acudireis al rescate. Además, los dioses cuidan de sus servidores, y la condena para este desgraciado sería doble si osara pagar mi caridad con un ataque. Dejadnos a solas, no temais por mí.

El guardia se marchó, dejándolo a solas con la voz desconocida y unas velas.

- ¿Quién sois? - no la escuchó caminar, pero de alguna forma supo que se había acercado. Intentó mirarla, pero sus ojos seguían algo deslumbrados - ¿Qué haceis aquí?

- Me han encargado intentar que esteis lo más presentable posible para el juicio, mi señor - respondió ella dulcemente, arrodillada a su lado.

- ¿Por qué? Ese juicio es una farsa. ¿Qué más da mi aspecto?

- Eso debéis preguntárselo a la reina, no a mi. Yo sólo sirvo a los dioses y cumplo lo que se me encarga - unas manos suaves examinaron la herida de su pierna. Casi se había olvidado de ella - No está tan mal como imaginaba, pero está mucho peor de lo que me gustaria - le aplicó algo que escocía tanto que por un momento creyó que le había prendido fuego a la herida - Sé que duele, pero aguantad.

- ¿Por qué haceis esto?

Ella guardó silencio y se dedicó a vendarle la pierna.

- ¿Queréis vivir, Ned Stark? - habló, al fin.

- ¿Qué clase de pregunta es esa?

- Una que aguarda respuesta

- Decidle a Cersei que no pienso mentir. Que no voy a retractarme. Lo que digo es cierto.

La septa soltó una risita.

- ¿Creéis que me manda Cersei? Bueno, más o menos. Cierto es que hubo que convencer a la reina de que debía enviar a alguien para que estuvieseis presentable para esa farsa de juicio que ha montado. Cierto es que tuvieron que moverse algunos hilos para que la elegida fuese yo... pero no vengo a haceros confesar. Ni tampoco a intentar convenceros de que deis otra versión. Vengo a preguntaros si amáis la vida... y qué estáis dispuesto a hacer para conservarla.

- ¿Qué clase de broma es esta?

- Ninguna, mi señor. Tal vez la reina me haya abierto las puertas... pero quien me envia es otra persona.

- ¿Quién? ¿Robert?

- El buen rey Robert - ¿había detectado Ned algo de sarcasmo en esas palabras o sólo era su imaginación? - se encuentra demasiado débil para decir nada. Hay quien dice que no sobrevivirá a esta noche. Quién sabe. No, quien me envía es otra persona... alguien que os ama. Alguien por quien hace mucho tiempo contasteis una mentira...

- Lyanna... - murmuró, apenas moviendo los labios - pero...

- Por última vez, Ned Stark. ¿Queréis vivir?

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